jueves, 1 de agosto de 2013
La muerte de un vendedor
La magnifica obra de teatro del dramaturgo norteamericano Arthur Miller “La Muerte de un viajante” (New York 1949), que fuera mundialmente puesta en escena y tuviera hasta tres versiones fílmicas; tiene como argumento la caricatura patética de Willy Loman un vendedor viajero, cuesta abajo y agotado, pero obsesionado falsamente por el éxito y confrontado a la perdida de respeto y valores familiares, así como la feroz presión de la sociedad de consumo.
Todos los vendedores tenemos algo de Loman, en lo soñadores y esperanzados, en la edificación de un blindaje de autoestima, en el intenso impulso mercantilista, en la profunda soledad de vender y conseguir cumplir las metas mensualmente para ganar el sustento; solo para volver al siguiente mes a repetir el ciclo con idéntico apremio. La obra lo dramatiza con profundidad en el parlamento del ultimo acto, cuando Charley, quizás el único verdadero amigo que tuvo Loman, dice a los hijos de este “Era un vendedor y para un vendedor la vida no tiene fondo. Es un hombre que va solo por la vida sin más recursos que una sonrisa y los zapatos muy limpios. Un vendedor tiene que soñar, es gaje del oficio”
La obra dibuja a Loman como un vendedor, que crea y se pierde en sus falsas motivaciones, cuando cansado y viejo ya no rinde resultados, vende poco y es desechado por su empresa. Sus artificiales ideales lo llevan a recalar en un deplorable ejemplo de falsos valores de éxito, inclusive deteriorando a su familia, negándose finalmente a la dura coyuntura de enfrentarse a si mismo.
En el mundo actual aún mas competitivo y despiadadamente materialista que el de mediados del siglo pasado; la enseñanza que nos deja la triste historia del vendedor Loman, es que un vendedor profesional exitoso, se diferencia por sus resultados, porque es capaz de construir lo que sueña, por que lleva a la realidad sus planes. Solo se motiva en su propio esfuerzo eficiente, en la tarea bien realizada y no en monsergas frívolas de palabrejas de autoayuda y éxito; un vendedor tiene que ser un tipo práctico, con los pies bien plantados sobre la tierra, solo inspirado e imaginativo en posibilidades reales. Tiene que tener una gran dosis de autoestima, pero basada con valentía en la descarnada aceptación de sus fortalezas y debilidades, tiene que poseer una gran tolerancia frustativa para adecuarse a la presión y soledad de su trabajo y en un mundo tan superficial y banal, tiene que construir valores sólidos de ética, respeto y servicio. Hoy el vendedor profesional es un técnico en negociación y servicio, que administra soluciones a las necesidades de sus clientes y no solo un hombre superficial y simpático, que basa sus ventas en supuestas amistades que en realidad no existen y peor aún en falsas ilusiones.
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